
Publicado inicialmente en el disco
Divididos por la Felicidad (1985)
Compuesto por Luca Prodan-Diego Arnedo-Alberto Troglio
En 1984 Argentina estaba en plena euforia por la vuelta a la democracia. Alfonsín, en apariencia, iba a ser el remedio para dos décadas nefastas. Estábamos convencidos de que con la democracia se comía, se curaba y se educaba.
Yo acababa de entrar al Colegio Nacional de Buenos Aires, donde conocí a Gala, mi compañero de aventuras musicales. Todo era política. En el Centro de Estudiantes, manifestaciones en pro de los derechos humanos, en nuestro año, propuestas bizarras y anárquicas por parte de lo que luego se transformaría en Romana Patrulla.
Durante siete años los sucesivos gobiernos habían activamente prohibido la difusión de cualquiér manifestación artística que no fuera alguno de los artistas del régimen:
- Todos los movimientos musicales de los últimos años (punk, dark, reggae, etc) habían sido prohibidos o ignorados.
- En 1982, durante la guerra de Malvinas, se prohibió la difusión de música en inglés.
- Había una larga lista de canciones de difusión pública no autorizada entre las que se incluían, entre otras, Cambalache de Enrique Santos Discépolo. Algo similar a lo que GWB hizo dos años atrás prohibiendo Imagine de John Lennon.
- ATC (el canal de televisión del estado) se encargaba de promocionar versiones descafeinadas de los artistas de moda. Richard Clayderman, Eddie Grant, Bárbara y Dick, Edu y el Pollo, Parchís, Nobody Soul (el alter ego de La Torre), Katunga y demás eran figuras omniprescentes en A Todo Color y demás programas de la época. En este aspecto, dos cosas llaman mucho la atención. Uno la versión light de Para Enamorarse Bien Hay Que Venir al Sur de Rafaella Carrá, que en el resto del mundo se llama Para Hacer Bien el Amor...
El otro caso llamativo (y sintomático de la falta de sutileza de los censores de turno) es la llegada con bombos y platillos de Village People. Supongo que los encargados de la limpieza cultural vieron en ellos una especie de Menudo entrado en años y no un fetiche de la homosexualidad.
En 1983, los argentinos realmente tuvieron su período de esperanza (el que, luego de seis meses de hiperinflación, terminaría generando una de las más grandes decepciones del nuestra historia y reforzando nuestra actual personalidad de incrédulos y escépticos).
Mientras eso sucedía, nosotros recibíamos en un año todo lo que había pasado en el mundo en la década del ´70. Clash, Pistols, Cure, Marley, Specials, Madness. Todo de un saque. Un cross a la mandíbula de nuestra ingenuidad.
El cartero que se encargó de que todo esto llegara en su envoltorio correcto fue un italiano que, en un pésimo castellano, nos recordó quiénes éramos: Luca Prodan.
Sumo fue, probablemente, una de las bandas más argentinas de nuestra historia. Con su mezcla de reggae
alla Clash, baladas
alla Velvet y hardcore
alla Kennedys, no podían ser otra cosa que argentinos. Nuevamente Gardel tuvo que venir de afuera para contarnos quiénes éramos.
En un fin de semana mágico en el que en días sucesivos con Gala vimos en la Esquina del Sol de Gurruchaga y Guatemala a Sumo y a los Redondos, entendimos. O sospechamos algo que, aunque no lo entendiéramos, sabíamos que era lo correcto. Sumo y Los Redondos. Punks escupiendo cariósamente a Luca. Yuppies intercambiando parejas en el público. Las mesas y sillas de la Esquina apiladas en una especie de hoguera en una catarsis desconocida hasta el momento. El pogo de bar, sin estadios, sin espacio, siempre con consecuencias sólo identificadas la mañana siguiente.
Después de ese primer show, el tema que más me quedó pegado fue uno en el que Mollo (luego de literalmente desarmar su guitarra en el escenario para hacerla andar) jugaba con una base hipnótica sobre la que Pettinato hacía chirriar su saxo (con un pucho prendido enganchado entre las piezas) y la gente cantaba como en la cancha. Un par de shows después supe cómo se llamaba. Al poco tiempo, ya estábamos sobre un escenario.
Moving and fighting and the old backstabbing
gonna get you down tonight in Babylon town